Integrar que el otro puede ser gilipollas


Ultimamente me estoy dando cuenta de lo importante que es honrar las cosas tal cual las veo, a pesar de lo que otros me digan o piensen, de las mierdas varias que se presentan cuando soy fiel a mis verdades, e incluso de las propias opiniones que tengo sobre mi misma. Y no como un ejercicio de reafirmación o de lucha intelectual con los demás, sino un honrar profundo, un respetar esa visión, a pesar de saber que cada uno tiene sus razones e inercias (in)conscientes para percibir el mundo de una forma u otra; a pesar incluso de saber que lo que yo piense del otro no tiene nada que ver con el otro... o sí, pero qué más da.


Yo no sé ustedes, pero yo cada vez veo a gente más gilipollas. Amigos, colegas, desconocidos... de algunos podía intuir que lo eran -quizás yo no me había topado de frente con las consecuencias de su gilipollez- pero de otros me estoy llevando unas sorpresas que ya hubiera querido la Isabel Gemio.


¿Y porqué digo honrar esta percepción aparentemente peyorativa? No como una excusa para reaccionar frente al otro o sentirme superior, sino para no negar lo que me ocurre con las personas, porque si yo cada vez que veo a un gilipollas en mi vida pongo en juego todo mi sistema de creencias porque intento ser espiritual, buena gente o su puta madre, el daño que le estoy evitando con mi movimiento al otro por su gilipollez, me lo estoy haciendo a mi misma.


La cuestión es qué hacer con ello.


Ayer hablaba con mi amiga Reme (una psicóloga maravillosa) y me decía, “qué interesante, lo único que habría que hacer es integrar en la imagen que tenemos del otro que 'TAMBIÉN es gilipollas' y aprender a amarle con todo”. Y claro, yo dije: “la única movida es que el vínculo con esas personas cambiaría”.


¡Y eso es lo que nos ata a los demás!


La impertinencia de mantener un vínculo determinado o una relación ideal, lo que creemos que debería ser; ese miedo a quedarnos solos, a equivocarnos, a ser nosotros los más gilipollas de todos, y no dejamos que las cosas se coloquen solas, en el sitio que quizás les corresponda, arriesgándonos hasta el final a honrar esa vivencia, sintiéndola y responsabilizándonos de ella.


No sé ustedes, pero mi realidad se está llenando de gilipollas.


...y ahora es que me estoy empezando a dar cuenta de que igual no hay ningún problema.