No hay donde volver


No hay donde volver.

No hay hogar ahí afuera,

no me espera nadie

y yo no sé que esperar.


Todo lo que amaba ha cambiado de forma,

se evaporó el paraíso que creé.


La pegajosa realidad exterior toma las horas

en las que antes me expandía hacia adentro,

y aunque desamparada,

me ubicaba en el ritmo de las cosas.


Desde que llegué no sé donde estoy.


La lentitud y la soledad han pasado al otro extremo,

va todo tan rápido y me sobra tanta compañía.


Y tú te vas y no te reconozco.


Hoy cierro un ciclo contigo sin ti,

con un texto que ni si quiera leerás

y con una sensación de miedo y mierda

a saturar mi sistema de conversaciones vacuas y repetitivas.


Desconozco las intenciones de esta incomodidad,

de este movimiento nómada que parece alargarse sin medida.


La única salida que veo es echar raíces hacia adentro hasta que me explote el corazón por la acogida.


Desapegarme para siempre

y construir un salón, un sofá y una manta

cada vez que respire y cierre los ojos.


No hay donde volver,

así que voy a tener que construirme un templo

mientras conduzco al teatro a coger aire

para poder hacerles el boca a boca a todos

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